Fontaines D.C. – Dopamine Chamber

Dopamine Chamber es un álbum que divide, pero que no teme tomar nuevos caminos.

Hay álbumes que llegan precedidos por una conversación más grande que la música misma, y Dopamine Chamber, el quinto álbum de Fontaines D.C., es uno de ellos. Antes de que saliera ya cargaba con una reputación incómoda, para parte del público era el trabajo que confirmaba un rumbo equivocado. Después de Romance, que ya había suavizado el filo del grupo hacia un indie rock más pulido, los sencillos adelantados, sobre todo «Tongue«, terminaron de encender el rechazo. Yo me acerqué a este trabajo con ese ruido de fondo y, sinceramente, creo que gran parte de la discusión se queda en la superficie. Lo que hay aquí es un proyecto oscuro, atmosférico y más ambicioso de lo que su recepción sugiere, aunque no siempre logra sostener esa ambición hasta el final.

El cambio más evidente es el tono. La banda se inclina hacia un territorio de synths, texturas frías y una melancolía que roza el darkwave, con ecos que por momentos recuerdan a Depeche Mode y cierto britpop de inclinación gótica culona. Es un terreno que mezcla lo que dejaron en Skinty Fia con la energía más directa de Romance, y la fusión funciona mejor de lo que esperaba. Los riffs de canciones como «Demolition» aportan nervio, mientras que el trasfondo sintético construye una atmósfera consistente, casi nocturna, que le da identidad propia al conjunto.

Esa coherencia sonora es, para mí, uno de los grandes aciertos. Se nota que el grupo tenía claro el ambiente que quería capturar, y lo consigue con una producción cuidada, llena de detalles instrumentales interesantes. Que James Ford esté detrás de la producción se siente; hay oficio, textura y un oído muy fino para equilibrar lo electrónico con lo orgánico. Aun así, entiendo a quien extraña el sonido más centrado en guitarras de los primeros trabajos; la banda sacrifica parte de esa crudeza a cambio de una paleta más amplia, y esa es una decisión que en cada oyente pesará distinto.

La primera mitad es donde el álbum brilla con más claridad. «Six Shot Morning» funciona como una apertura magnética, una introducción que ubica de inmediato al oyente en el universo del álbum y que, a mi juicio, se cuenta entre lo mejor que ha hecho la banda. A partir de ahí, «Marianne» y «Mimesis» ofrecen melodías fuertes y memorables bañadas en ese barniz sintético y gótico, y «Happy for You» mantiene el nivel con una producción llamativa y un pulso que engancha.

Las melodías vocales merecen mención aparte. Grian Chatten canta con una voz cargada de cansancio y tristeza, pero con líneas lo bastante pegadizas como para quedarse en la cabeza. Los coros tienen fuerza y son de esos que apetece cantar en grupo, lo que crea un contraste interesante con la oscuridad del material, letras y atmósfera sombrías, pero con hooks casi festivos. Esa tensión entre lo lúgubre y lo adictivo es, en el fondo, lo que le da sentido al título del álbum.

El problema aparece en la segunda mitad. Después de un arranque tan sólido, el trabajo se va diluyendo en terrenos más seguros y predecibles. Las canciones más lentas no logran el mismo impacto, y hay momentos en que el repertorio suena a otro álbum de la banda, como si la cohesión del principio se aflojara. «Tongue» es el ejemplo más claro de un tema que frena el ritmo, y «Where Is Gone?» se siente fuera de lugar, tanto como sencillo como dentro de la secuencia del disco, aunque con las escuchas va ganando algo de sentido.

Hay además una sensación recurrente de ideas buenas que no terminan de llegar a ningún lado. Muchos pasajes instrumentales y detalles de producción son atractivos por separado, pero la banda no siempre los lleva hasta el final, y el álbum termina prometiendo más de lo que entrega. Es una lástima, porque en una agrupación que siempre se caracterizó por arriesgar, caer en la comodidad resulta decepcionante. Los sencillos, por cierto, no fueron la mejor carta de presentación; representan al álbum de forma irregular y alimentaron expectativas equivocadas, para bien y para mal.

Lo que más me interesa de este lanzamiento es la reacción que provoca. Mucha gente parece enfadada simplemente porque Fontaines D.C. decidió explorar otra dirección, y ese reclamo me parece injusto. Ninguna banda está obligada a repetir su fórmula, y la evolución, incluso cuando tropieza, es preferible al estancamiento. Prefiero un grupo que se arriesga y falla en algunos pasajes a uno que se repite con comodidad. Además, el trabajo funciona bien como puerta de entrada para quien no conoce su discografía, es accesible, atmosférico y tiene suficientes canciones fuertes para despertar curiosidad por lo anterior.

Con las escuchas, varias de las canciones que al principio me parecieron flojas fueron creciendo. Eso suele ser señal de que un álbum tiene más profundidad de la que muestra a primera vista, y creo que Dopamine Chamber es de esos que mejoran cuando se les da tiempo y se dejan de lado las expectativas previas.

Dopamine Chamber no es el mejor trabajo de Fontaines D.C., y tampoco el desastre que algunos pintan. Es un trabajo desigual, con una primera mitad excelente y una segunda que se desinfla, pero con una identidad sonora sólida, melodías que se pegan y el valor de intentar algo distinto. Quienes busquen la furia de los comienzos quizá se queden con las ganas, quienes estén abiertos a una versión más oscura, sintética y melódica de la banda encontrarán mucho que disfrutar.

Nota Final

Nota Final
4 5 0 1
Un álbum notable, imperfecto y honesto en su ambición.
Un álbum notable, imperfecto y honesto en su ambición.
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