Tinashe lleva tantos años demostrando que puede hacer prácticamente lo que quiera dentro del pop que Popstar no se siente como un intento por encontrar una identidad, sino como la consecuencia de haberla encontrado hace tiempo y ahora querer explotarla al máximo. Hay algo bastante satisfactorio en escuchar un álbum así de ambicioso de una artista que durante buena parte de su carrera ha tenido que demostrar constantemente por qué merece ocupar un lugar más grande. Acá no parece estar pidiendo permiso para hacerlo.
Lo que más me gusta de Popstar es que Tinashe entiende el pop como algo mucho más amplio que una estructura determinada o un sonido específico. El álbum se mueve por R&B, electrónica, EDM, pop y otras variantes de música bailable sin quedarse demasiado tiempo en un solo lugar. Y claro, acá podría aparecer el típico “quien mucho abarca, poco aprieta”, porque intentar recorrer tantos estilos también puede hacer que un álbum pierda dirección o termine siendo una colección de ideas. Pero Tinashe tiene suficiente personalidad y control sobre lo que está haciendo para que esa variedad juegue a su favor. Incluso cuando cambia de sonido, sigo sintiendo que estoy escuchando el mismo álbum y, sobre todo, a la misma artista.
La producción es probablemente el elemento que más sostiene el proyecto. Hay muchísimo trabajo detrás de los sonidos, pero nunca siento que Tinashe esté escondiendo las canciones detrás de una producción maximalista. Al contrario, la electrónica sirve para ampliar lo que puede hacer con su voz y con sus melodías. Cuando todo funciona, el resultado tiene una energía impresionante y consigue ser bailable sin caer necesariamente en lo obvio.
“Melatonin” es uno de los mejores ejemplos de esto. Es una canción que tiene una identidad muy clara y que consigue quedarse en la cabeza sin depender de una fórmula demasiado sencilla. “Too Easy” también funciona muy bien dentro de esta idea, mientras que “Nobody Wanna Dance Anymore” destaca especialmente por cómo está construida. Son canciones donde entiendo perfectamente qué quiere conseguir Tinashe y, más importante todavía, siento que lo consigue.
También me gustan “Cloud 9”, “I’d Rather Be Alone” y “Pillow Fight”, porque muestran que el álbum no necesita estar permanentemente intentando sorprender para funcionar. Tinashe sabe cuándo puede apoyarse en una canción más directa y cuándo vale la pena llevar la producción hacia un lugar más extraño. Esa diferencia de registros ayuda bastante a que el proyecto no se vuelva monótono.
“Brainrot” es otro caso interesante. El nombre podría hacer pensar en una canción construida alrededor de una idea pasajera, pero musicalmente tiene suficiente personalidad para justificar su presencia. Y eso resume bastante bien lo que encuentro atractivo en Popstar, Tinashe puede tomar conceptos que en otras manos podrían sentirse ridículos o demasiado ligados al momento y convertirlos en parte de un álbum que tiene una dirección artística mucho más seria.
También creo que es importante hablar de su voz. Tinashe no necesita hacer grandes demostraciones vocales todo el tiempo para dejar claro lo que puede hacer. Su mayor fortaleza está en saber adaptarse al tipo de canción que tiene enfrente. Puede sonar delicada, sensual, distante, agresiva o completamente metida en una producción electrónica sin que parezca que está interpretando a otra artista en cada canción. Esa versatilidad es fundamental para que Popstar pueda cambiar tanto de sonido sin perder su identidad.
Lo curioso es que, mientras más escucho el álbum, menos me interesa discutir si Tinashe debería considerarse una artista de R&B, pop, electrónica o cualquier otra etiqueta. Popstar funciona precisamente porque no parece necesitar elegir. Su carrera lleva años construyéndose a partir de esa capacidad para moverse entre distintas escenas y sonidos, y acá esa característica deja de sentirse como una cualidad secundaria para convertirse en el centro del proyecto.
Eso también hace que el álbum se sienta bastante personal. No porque Tinashe esté convirtiendo cada canción en una confesión, sino porque la selección de sonidos y la manera de interpretarlos dejan claro que está tomando las decisiones. No siento que esté persiguiendo una tendencia concreta ni intentando sonar como la artista del momento. Incluso cuando utiliza elementos que actualmente forman parte del pop, consigue llevarlos hacia su propio terreno.
Y aunque hay canciones que me gustan más que otras, eso no termina afectando demasiado la experiencia general. El álbum tiene suficientes momentos realmente destacables como para que sus pequeños altibajos se sientan más como diferencias de nivel entre canciones buenas que como verdaderos tropiezos. De hecho, parte de la gracia de Popstar está en que se atreve a probar distintas cosas sin que esa ambición termine desarmando el proyecto.
Prefiero un álbum que se arriesgue a tener algunos momentos menos memorables antes que uno que pase todo su tiempo jugando seguro. Y Popstar definitivamente no juega seguro. Tinashe podría haber construido un álbum mucho más sencillo, apoyándose únicamente en las fórmulas que ya sabe que funcionan, pero decidió hacer algo bastante más amplio y, en gran parte, consiguió que esa amplitud se sintiera natural.
No es un álbum perfecto, pero sí uno que me parece muy difícil de ignorar cuando funciona a este nivel. Cuando Popstar encuentra el punto exacto entre melodía, producción, energía y personalidad, Tinashe demuestra por qué lleva tantos años siendo una artista mucho más interesante de lo que su reconocimiento general podría sugerir. No intenta demostrar que puede convertirse en una estrella pop. Después de todo lo que ha hecho, esa discusión ya me parece un poco irrelevante.