Desde que escuché este álbum tuve la sensación de que Hayley estaba liberada de algo grande, como si por fin pudiera mostrarse sin filtro. Este es su primer trabajo realmente independiente, después de años bajo un contrato pesado, con presión y expectativas.
Esa libertad se nota en cada canción, en cada cambio de estilo, en esas letras que no tienen miedo de denunciar lo que duele. No está preocupada de fingir fortaleza todo el rato, se da permiso para fallar, para sentir rabia, confusión, nostalgia, y eso lo hace muy humano.

Una de las weas más buenas que hace el álbum es precisamente su diversidad sonora. No es que todas las canciones suenen iguales ni que Hayley se quede en un solo estilo. Hay momentos que podrían recordar un pop alternativo suave, otros que agarran más fuerza, guitarras, sintetizadores, baladas, momentos donde la voz flota, otros donde grita un poquito, se hace más cruda. El álbum mezcla géneros, lo que hace que cada tema tenga vida propia, pero sin perder que todo pertenece al mismo universo emocional. Uno siente que hay muchos estados de ánimo, como el enojo, tristeza, reflexión, aceptación, ganas de volver a empezar, de sanar.
Las letras son lo que más me gustó. Hayley no anda con metáforas rebuscadas salvo cuando le aporta, sino que va directo donde duele, salud mental, relaciones rotas, ego, la fama, las expectativas sociales, la familia, la presión de lo que significa estar en público. En “Kill Me”, en “Mirtazapine”, se escucha esa tensión entre lo que uno espera de sí misma y lo que realmente siente. Y hay momentos en que eso se vuelve bello incluso cuando está cargado de dolor, porque no evita lo crudo, pero tampoco lo glorifica, lo humaniza.
Otro punto que me gustó mucho es la producción y la forma de lanzar las canciones. Primero sacó 17 singles por su página web como canciones independientes, sin tracklist prefijado, dejando que la gente armara sus propias listas, y después agregó “Parachute” para el álbum completo. Esa forma no solo es interesante como experimento, sino que complementa lo emocional del álbum, no hay una narrativa lineal definida, sino varias ventanas que podís asomarte para ver partes distintas de su vida. Esa falta de rigidez le da frescura, hace que escucharlo sea más que seguir una historia, es meterse en un mar de sensaciones, ir saltando de una a otra canción y sentir que cada salto te cambia.
Lo que Ego Death at a Bachelorette Party me dejó es que Hayley Williams está en un momento creativo grande. Ya no está definiéndose como solista ni intentando romper con su pasado, más bien está resolviendo lo suyo, echando luz sobre lo que le ha costado, y entregando un álbum que se siente íntegro, fuerte, sincero. No es que todo sea súper fácil de escuchar o que esperes solo canciones alegres, hay momentos densos, dolorosos, pero también de catarsis, de paz, de reconocimiento. Y esa mezcla, bien lograda, hace que el álbum resuene hondo, que quieras volver a él las veces que sea para encontrar otro matiz, otra wea que al principio te pasaste por alto.