Durante los últimos meses, una de las discusiones más extrañas de la música popular no ha girado alrededor de una melodía, una letra o una interpretación. Ha girado alrededor de una pregunta mucho más básica: ¿quién (o qué) hizo realmente esta canción?
El caso que mejor representa esta nueva incertidumbre es RUBBERZ de Fenix Flexin, una canción que pasó de ser un extraño lanzamiento con estética ochentera a convertirse en un fenómeno viral y, finalmente, en uno de los casos más comentados sobre inteligencia artificial en la música. El tema llegó incluso al Billboard Hot 100, mientras internet discutía si aquella voz, producción y estilo podían haber sido creados con IA.
Desde el principio, algo no terminaba de cuadrar. La voz de Flexin sonaba radicalmente distinta a lo que muchos esperaban de él, mientras la producción tenía una estética sintética que alimentó las sospechas. El productor Medasin llegó a mostrar cómo reproducir sonidos similares utilizando Treblo, una herramienta de generación musical, y posteriormente la propia compañía desarrolladora señaló que RUBBERZ era muy probablemente producto de su tecnología.
Flexin, sin embargo, inicialmente rechazó las acusaciones. En redes sociales aseguró que había grabado la canción como cualquier otra y que la inteligencia artificial no había formado parte de su proceso. El problema es que, mientras más se investigaba la canción, más difícil parecía sostener aquella versión.
Hasta que llegó el giro.
El 7 de agosto, Flexin finalmente reconoció que Treblo sí había sido utilizado en la creación de RUBBERZ, aunque intentó establecer una diferencia, según él, la IA no participó directamente en el proceso de grabación y ni siquiera conoció la aplicación hasta la etapa de mezcla. También sostuvo que nunca había dicho que no utilizó IA, una afirmación que contradice declaraciones anteriores registradas públicamente.
Y aquí está lo verdaderamente interesante, la controversia no destruyó la canción. La hizo todavía más grande.
RUBBERZ consiguió viralidad, llegó a las listas y terminó generando una conversación que probablemente nunca habría existido si nadie hubiera cuestionado su origen. La canción dejó de ser solamente una canción. Se convirtió en una discusión sobre autenticidad. Y mientras Fenix Flexin intentaba explicar su relación con la inteligencia artificial, Tyga decidió hacer exactamente lo contrario y admitirlo desde el principio.
Su nuevo álbum, $TARFACE, incorpora inteligencia artificial en su producción. Tyga ha explicado que utilizó la tecnología para elementos como sintetizadores ochenteros y solos de guitarra, mientras asegura que las letras y las voces son suyas. Para él, la discusión no es muy diferente a la que existió alrededor del Auto-Tune, una nueva tecnología aparece, provoca rechazo y eventualmente los artistas aprenden a utilizarla. El problema es que el resultado de ese experimento no parece haber convencido a demasiados críticos.
Pitchfork le otorgó a $TARFACE un 0.0, una calificación extraordinariamente rara para la publicación, argumentando que el álbum representa una versión artificial, derivativa y carente de la expresividad que debería existir detrás de una obra musical.
Y esto abre una discusión mucho más interesante que simplemente decidir si la inteligencia artificial es “buena” o “mala” para la música.
¿El problema es que se utilizó IA o que el resultado es malo?
Porque si $TARFACE fuera un trabajo extraordinario, probablemente estaríamos teniendo otra conversación. Si una canción generada o asistida por IA provoca una emoción genuina en millones de personas, ¿importa realmente que una máquina haya participado en su creación? ¿O la música pierde parte de su valor cuando desaparecen la interpretación, el error, la intención y la experiencia humana detrás de ella?
Tal vez el verdadero conflicto no sea que la inteligencia artificial pueda hacer música. Ya puede hacerlo. El conflicto es que todavía no sabemos cómo escucharla.
Durante décadas aceptamos el Auto-Tune, los samples, los sintetizadores, las cajas de ritmos y las herramientas digitales porque, incluso cuando modificaban radicalmente una grabación, seguíamos teniendo una idea relativamente clara de quién estaba detrás de la obra. Ahora esa frontera empieza a desaparecer.
RUBBERZ demuestra lo que ocurre cuando el público sospecha que esa frontera fue ocultada. $TARFACE demuestra lo que ocurre cuando un artista decide cruzarla deliberadamente y defenderla como el futuro. Y la reacción hacia ambos casos deja una pregunta inevitable sobre la mesa:
Quizás el futuro de la música no será humano contra inteligencia artificial, sino aprender a aceptar que ya no siempre podremos saber quién (o qué) está cantando.